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DEFENDER LA CIENCIA…

¡UNA  CIENCIA AL SERVICIO DEL PUEBLO!

El problema actual.

Actualmente en Colombia, el pensamiento libre, la investigación autónoma y la ciencia misma están bajo ataque. De hecho se han venido imponiendo en la academia y en la opinión pública, principios supremamente retrógrados que han venido atacando la concepción científica del mundo y cuestionando verdades fundamentales de la ciencia y de la sociedad, con consecuencias muy negativas para la investigación científica, el arte y la cultura, la lucha social y la vida del pueblo en general. Todo esto ha restado mucho espacio para el debate y la crítica, llegándose al límite de acusar de “delito de opinión” todo aquel pensamiento que se atreva a disentir del unanimismo dominante.

Muchos intelectuales críticos en diferentes rincones del planeta, han respondido ante las problemáticas y contradicciones sociales aportando su voz al pensamiento progresista y comprometido con las luchas sociales, tal como sucedió en la década del 70 del siglo pasado con la iniciativa de Ciencia para el pueblo. Inspirados en esta experiencia de pensamiento crítico a nivel mundial, en el país se motivó la creación de una Corriente Progresista de Intelectuales buscando hacer frente a la oleada de pensamiento conservador y reaccionario que se ha hecho dominante en las esferas filosófica, científica, artística y política.

La situación es muy asfixiante. Lo común es que el gobierno censure informes científicos y socave de otras formas la investigación que podría descubrir hechos que no quiere escuchar. Que manipule, tergiverse o censure directamente cifras o análisis que no le gustan. El régimen busca doblegar la ciencia a su voluntad en situaciones tan conocidas como la descarada manipulación de los datos del censo-2005, la reducción de los índices de pobreza cambiando la metodología de medición (2011), la proscripción de términos reflejo de la realidad nacional como “conflicto interno”, “desplazamiento forzado”, “genocidio”, “paramilitarismo”, etc., para negar u ocultar sus propias responsabilidades. Ha perseguido o difamado a académicos, centros de pensamiento y ONGs de derechos humanos que contradicen su propia visión distorsionada de la realidad. Ha perseguido o difamado a importantes investigadores, académicos y periodistas –como  Alfredo Molano Bravo, Libardo Sarmiento Anzola, Miguel Ángel Beltrán o Fredy Julián Cortés- debido a sus puntos de vista críticos. Algunos, como el destacado académico Alfredo Correa de Andreis en Barranquilla, fueron asesinados por los paramilitares en contubernio con las fuerzas del Estado;  otros son deportados desde el extranjero como supuestos “terroristas”.

Como dice una reciente declaración de intelectuales norteamericanos:

“No podemos aceptar una situación en que se bloquea la investigación científica o se invalidan sus conclusiones porque no obedecen a los objetivos del gobierno, a los intereses de los monopolios o a la ideología de los fundamentalistas religiosos; en que el dogma impuesto por ellos ocupa el lugar de la ciencia [...]. Debemos exigir una atmósfera que permita a los científicos indagar la verdad, incluso cuando la verdad está en conflicto con las opiniones y las medidas de los que detentan el poder; una atmósfera que estimule el espíritu científico, que aprecie la educación científica y la popularización del método científico, que aliente a la sociedad a captar cómo y por qué las cosas son como son; que tome como punto de partida para la investigación de la realidad todo lo que hasta hoy ha aprendido la humanidad y todo lo que se ha comprobado repetidamente”.1

Los intelectuales colombianos, ante situaciones similares, han hecho sentir su voz en defensa de los derechos fundamentales, aun a costa de su propia seguridad. En momentos cruciales de la historia nacional, han sabido defender veredictos justos, con un tremendo impacto sobre la vida nacional, moviendo las conciencias y sacando a la gente de la apatía. Su relativa independencia con respecto a los  grandes poderes y su compromiso fundamental con la verdad, han permitido que sus denuncias contribuyan al derrocamiento de gobiernos despóticos o a frenar procesos regresivos. Los intelectuales progresistas de la actual generación nos suscribimos a esta tradición histórica y no creemos que esta situación revertirá por sí misma. La Corriente Progresista debe ponerle el pecho a la oleada reaccionaria entendiendo que las ideas correctas se convierten en una fuerza material tan pronto son apropiadas por el pueblo.

Defender la ciencia.

En la actualidad, la ciencia y su método viene siendo atacada desde distintos ángulos, no solo desde la tradicional visión religiosa y dogmática, sino desde los mismos círculos académicos como la filosofía posmodernista y sus aplicaciones a las distintas ciencias y pensamiento en general. Por supuesto esto se hace desde perspectivas muy distintas, pero con resultados similares en cuanto a restar espacio al pensamiento científico y minando el derecho de las nuevas generaciones a recibir una sólida formación científica. Ambas concepciones atacan al núcleo básico de la ciencia, las unas borrando la diferencia entre dogma y ciencia y las otras, haciéndola aparecer como retrógrada o caduca. Veamos:

En primer lugar, con la amplia difusión de la religión entre el pueblo se ha extendido aún más el pensamiento dogmático idealista, estrechándose el vínculo entre la(s) iglesia(s), el Estado y la sociedad, incidiendo las políticas educativas, de ciencia y tecnología y controlando buena parte del aparato educativo y las entidades encargadas de la promoción de la cultura, con cada vez mayor presencia en los medios de comunicación, una mayor injerencia en las cuestiones políticas y sociales, influyendo decisivamente en esferas que son cruciales para la vida de la gente, tales como el derecho al aborto, la eutanasia, la planificación familiar, el impulso de la investigación científica en temas candentes, etc.

Ha facilitado este vínculo un enfoque ecléctico de no contradicción entre dogma y ciencia, donde supuestamente la fe establece un fructífero diálogo con la razón, es más, siendo la fe quién alumbra el camino de la razón, estableciendo una división de funciones donde la ciencia se ocupa de los problemas del mundo material, mientras la religión se centra en los problemas existenciales fundamentales, subordinando la ciencia al dogma. Consideramos que en realidad, no puede existir armonía entre el pensamiento científico y el religioso, pues éste último se concibe como una verdad definitiva, impermeable a la evidencia, legada por revelación y trasmitida generación tras generación por mecanismos de autoridad, lo cual es opuesto al método de la ciencia cuyo criterio de verdad está basado en la evidencia, verificable y corregible mediante la práctica. Como dice el filósofo de la ciencia Mario Bunge, “la ciencia y la religión no son meramente diferentes, sino que son antitéticas”.2
 
En segundo lugar, un ataque desde adentro, desde la misma academia, por parte de la filosofía posmodernista y sus desarrollos,  la cual niega a la ciencia su capacidad de conocer el mundo y transformarlo, apelando a argumentos remozados del agnosticismo que considera ilusoria cualquier pretensión de verdad, dada la limitación intrínsecamente subjetiva del mecanismo cognoscitivo humano. Si bien consideramos que es necesario analizar en detalle sus planteamientos en áreas concretas del conocimiento como la sociología, el lenguaje, la salud, las comunicaciones, etc., su relativismo epistemológico es francamente inconveniente y plenamente convergente en sus ataques a la ciencia con otras tendencias irracionalistas viejas y nuevas. Como dice Celso Aldao: El mundo académico considera inofensivas a las pseudociencias, e inclusive adecuadas para las masas (…) El ataque a la ciencia proviene desde la misma academia: posmodernistas, relativistas, feministas radicales”3. Esta tendencia se expresa en una rama de la sociología que considera a la ciencia como “otro discurso más”, ni mejor ni peor que otros, equiparándolo al pensamiento mítico y literario, un supuesto “dogma de occidente” que no es otra cosa que una “verdad construida” mediante “el consenso de la comunidad científica”, donde la supuesta “objetividad” es otra pieza más del discurso legitimador. Esto ha desembocado en un programa concreto que busca quitar espacio para la ciencia en las escuelas y universidades y reemplazarla por supuestas “teorías alternativas”, en realidad seudocientíficas, o por el relativismo epistemológico más extremo, con el argumento supuesto de hacer de la escuela un lugar “más democrático” y “pluralista”, contrario a la supuesta “tiranía” que ha ejercido la ciencia por décadas con su pretensión de verdad objetiva, etc., etc.

Contrario a estas posturas, la ciencia ha demostrado en su larga trayectoria, ser un mecanismo válido para comprender el mundo y transformarlo, un método que permite a través del ejercicio lógico - racional y experimental, aprehender la esencia de los fenómenos y trascender el marco del conocimiento aparente, el de la simple opinión, el de la práctica cotidiana inmediata. Su concepción del mundo basada en la evidencia y su método de conocimiento de buscar la verdad en los hechos, ha venido desarrollándose hasta configurar hoy un método coherente y probado de conocimiento, que ha permitido –a la par con el arte y la imaginación- ensanchar el campo de nuestros conocimientos, técnicas y habilidades. 

Para la ciencia no existen verdades definitivas sino una lucha permanente entre la verdad y el error, entre lo absoluto y lo relativo, entre lo objetivo y subjetivo del conocimiento. El conocimiento científico avanza contra todo conocimiento anterior, destruyendo conocimientos erróneos e incompletos al tiempo que conserva los verdaderos, ampliándolos. El pensamiento científico se autocorrige permanentemente, se somete a la verificación, pone permanentemente en juego su validez, con la esperanza de ampliar el camino del conocimiento. Es necesario reconocer el carácter relativo del conocimiento humano pues el mundo es cambiante y el nivel de conocimientos cambia, así como la capacidad de comprensión. Por eso el conocimiento humano debe adaptarse a los cambios de la realidad, en un universo infinito siempre cambiante4. Pero, por otro lado, es absoluto que dicho conocimiento proviene del mundo objetivo y se comprueba en él, lo cual es muy distinto del relativismo, que en esencia niega que tal realidad objetiva exista y por lo tanto tampoco la verdad objetiva. O sea, no es lo mismo reconocer que lo relativo existe en lo absoluto y viceversa, que ser relativista a ultranza y por lo tanto negar cualquier base objetiva o firme para el avance del conocimiento.

La concepción científica del mundo no es un problema de adquirir conocimientos nuevos –por firmes y valiosos que parezcan- sino de enfocar correctamente el estudio de la realidad, de aprender a pensar correctamente, abordar los problemas con una concepción científica del mundo, para estar en capacidad de rechazar explicaciones irracionales y sobrenaturales, aceptando el camino de la ciencia, como el camino más idóneo para alcanzar la verdad. Como insistiera Richard Lewontin: “Existimos como seres materiales en un mundo material, cuyos fenómenos son consecuencia de las relaciones materiales entre las entidades materiales”. Dicha cosmovisión es un legado del materialismo filosófico, que aunque anterior a la ciencia, ha sentado un sólido piso para su ejercicio y se ha desarrollado a la par con ella, siendo la ciencia y la filosofía, disciplinas distintas pero absolutamente complementarias.

Un punto que concentra todo esto, es el ataque a que está siendo sometida la teoría de la evolución por parte de fuerzas conservadoras y religiosas. Estas afirman que la evolución es solo “una teoría alternativa” y no una verdad establecida, ofrecen sus viejos dogmas creacionistas -o los más remozados de un “diseñador inteligente”- como si fueran “teorías científicas” rivales, exigiendo que se enseñen a la par con la evolución en las escuelas. Pero esto no es más que superchería. La evolución de la vida es uno de los hechos más comprobados y mejor documentados de la historia de la ciencia. Negar y atacar la evolución es negar y atacar uno de los hechos más fundamentales de la naturaleza y la realidad, y una de las piedras angulares de la ciencia moderna. Si bien los postulados teóricos iniciales planteados por Darwin se han desarrollado hasta hoy (y continuarán haciéndolo), eso no significa ninguna “prueba” de su falsedad, por el contrario, es parte integral del método científico y una confirmación de su verdad fundamental. El pensamiento científico es completamente ajeno a todo dogmatismo en el sentido de establecer verdades definitivas o de última instancia.

Por su parte, los posmodernistas afirman que la teoría de la evolución fue “un consenso” de la elite científica del momento, un saber “construido socialmente”, negando que la verdad no es algo meramente subjetivo, sino que tiene un firme fundamento en la realidad y que dicho consenso se basa en la evidencia y no simplemente en el interés o la conveniencia. La verdad no puede estar sujeta al criterio establecido por la autoridades científicas y cuando esto ha sucedido, la misma dinámica interna de la ciencia se ha encargado de corregirla. En últimas fanáticos religiosos y posmodernistas se oponen al derecho que tiene el pueblo –y especialmente las  jóvenes generaciones- de recibir una sólida formación científica, no solo en el campo de la evolución de las especies y el origen del ser humano, sino en todas las ramas del saber.

Esto no quiere decir que los científicos tengan que renunciar a sus creencias particulares, cualesquiera que éstas sean. La libertad de conciencia es un asunto enteramente privado. Los científicos pueden ser ateos o agnósticos, tener creencias religiosas o cubrir todo el espectro de opiniones políticas. Pero una cosa que la abrumadora mayoría de científicos reconocen, es que, al realizar investigación científica y aplicar su método, es esencial tomar como punto de partida la realidad estudiada, así como el caudal de pruebas científicas comprobadas sobre esa realidad, adquiridas por medio de observación y experimentación científicas concretas y sistemáticas, y sujetas a rigurosa revisión y prueba. De ahí parten los científicos cuando se proponen investigar la realidad y hacer nuevos descubrimientos.

Otro problema es que se ha querido limitar la ciencia al campo de la naturaleza, como si en la sociedad no existieran estructuras y dinámicas específicas susceptibles de ser comprendidas por la mente humana. Si bien hay algunos elementos en común en cuanto al método y la concepción filosófica (por ejemplo, unos y otros son producto del movimiento de la materia y se condicionan mutuamente), se debe tener cuidado de no abordar el conocimiento de las leyes sociales de manera mecanicista, trasladando arbitrariamente métodos y conceptos de las ciencias naturales a la esfera social (tal como se ha hecho en economía, antropología, etc.), desconociendo que se trata de campos de organización de la materia cualitativamente diferentes, perpetuando y justificando el enfoque dominante respecto a la sociedad con argumentos naturalistas.

Una expresión de tal mecanicismo es el determinismo biológico, una variante moderna de la sociobiología. Según esta teoría, el comportamiento humano “está regido por una cadena de explicaciones que va del gen al individuo y, de este, a la suma de los comportamientos de todos los individuos”5 explicando la conducta humana a partir de la existencia de supuestos “genes egoístas”, donde el orden actual es la consecuencia inevitable del genotipo humano y donde nada importante puede ser modificado por la acción consciente de los seres humanos. Pero, como dice Ardea Skybreak: “Es completamente errónea la suposición de que comportamientos sociales humanos complejos puedan estar ligados a programas genéticos específicos”.6Al igual que otras teorías reduccionistas, el determinismo biológico evita lidiar con la complejidad social y afianza la creencia de que el orden actual es la consecuencia inevitable del genotipo humano. De esta manera la despiadada competencia económica, la expansión territorial y el sometimiento de pueblos enteros son continuación de la llamada “supervivencia del más apto”. Dichas teorías son la justificación perfecta de una sociedad jerárquica, opresiva y sexista como la que tenemos hoy.

La ciencia no es neutral.

No obstante, no es cierto que exista una ciencia en abstracto, por fuera del contexto económico, político y social que la determina. De hecho, la ciencia tal como la entendemos en la actualidad y los problemas metodológicos a ella asociados, son problemas típica y representativamente modernos (surgió entre los siglos XVI y XVII). Si bien el conocimiento y sus aplicaciones, han impulsado el desarrollo de las fuerzas productivas en todas las épocas, también ha servido como una poderosa herramienta para perpetuar la dominación y el control social. La ciencia no es neutral en tanto que está fuertemente atravesada por las relaciones de clase, género, nacionalidad y poder económico. Mucho menos bajo el capitalismo, cuando el sistema científico y de innovación se organiza como otra rama más de la industria, con el claro objetivo de generar más plusvalía y aumentar el control social. Ha sido clave pues para la acumulación capitalista, así como para afianzar el sistema de dominación:

“En los países imperialistas, la empresa científica se dedica en su mayor parte al desarrollo de la tecnología militar, al exterminio masivo y al control fascista de la conducta de la sociedad así como del individuo. El beneficio objetivo que la humanidad puede obtener de este trabajo científico es una consideración secundaria […] Hoy la ciencia es propiedad. Por consiguiente, como toda propiedad, es utilizada para el beneficio de aquellos que la poseen. En EEUU y otras potencias, la mayor parte del esfuerzo científico está dedicado a los propósitos simultáneos de: (1) Extracción de beneficios; (2) Mantenimiento del control que permita tal extracción”.7
 

No se puede defender la ciencia en el vacío como si fuera equitativa y progresista en sí misma, puesto que está marcada por el contexto en el cual se desarrolla. La ciencia ha venido a ser ahora la gran legitimadora del orden social.

Este sello de clase, nacionalidad y género asociado a la ciencia, ha involucrado una actitud de menosprecio hacia los saberes construidos por los trabajadores, las mujeres y las nacionalidades oprimidas a lo largo de la historia. Para nosotros el conocimiento científico debe integrarse con el saber popular, los conocimientos del pasado traerse al presente, el saber universal integrarse a la realidad particular, revalorarse los aportes de los obreros, artesanos, campesinos, las mujeres, los indígenas y los afrodescendientes al legado de conocimientos. La idea de ciencia difundida oficialmente, exalta la ciencia cubierta de un halo de neutralidad, en detrimento de otros tipos de saberes y conocimientos, tal como sucede con los conocimientos acumulados por estas comunidades segregadas. La integración de la medicina tradicional con la medicina occidental, dio valiosos frutos al conocimiento médico durante el socialismo en China, con enormes avances en el campo de la anestesia con acupuntura, el tratamiento de la parálisis infantil y la medicina preventiva con los llamados “médicos descalzos”, ejercicios que fueron reproducidos incluso por la Organización Mundial de la Salud en muchos otros países.

No obstante, si existe la necesidad de diferenciar entre conocimiento científico y saber popular. Mientras el primero completa el ciclo que va de la práctica a la teoría para retornar nuevamente a la práctica sobre una nueva base, el segundo parte de la experiencia y vuelve a ella prescindiendo de la teoría (la cual es reemplazada por las intuiciones, opiniones, “cosas conceptos” o mitos), lo cual rompe con el proceso del conocimiento científico impidiendo captar la esencia de los fenómenos o ley intrínseca a ellos. Esto no quiere decir que los saberes populares sean superfluos o de menor importancia; al contrario, han sido cruciales para el avance del conocimiento humano, han sugerido caminos a la ciencia y siguen siendo importantes en todas las sociedades para las prácticas productivas, políticas y culturales. Pero no comparten la misma estructura de conocimiento que la ciencia y, de hecho, para acceder al conocimiento científico, se debe hacer una ruptura con la intuición y el sentido común propio de los saberes populares y tradicionales.

Algunas corrientes de intelectuales rechazan la consigna, tanto de una ciencia solo para el pueblo, como de una ciencia solo para las elites. La ciencia, afirman, debe ser para todos. Consideran que solo cuando la sociedad se concientice de la necesidad de abrazar los valores del diálogo, la educación y la solidaridad, será posible escapar de la espiral de violencia y destrucción. El problema es que la ciencia, la educación y el diálogo por sí mismos, no podrán acabar con estas situaciones. “Ya hace casi dos siglos que Auguste Comte sostuvo en sus Opúsculos esta falacia, al decir que la sociedad estaba en un punto de transición de un mundo viejo dominado por la religión y el militarismo, hacia un mundo nuevo donde la ciencia y el humanismo serían las guías de la civilización […]. Las predicciones de Comte han sido desmentidas en casi todos los países del mundo, pero en ninguno de manera tan contundente como en el propio Estados Unidos”8 el país donde la ciencia ha tenido uno de sus máximos desarrollos.

La concepción de un desarrollo lineal y progresivo, ha sido abandonada en casi todas las ciencias, incluyendo las ciencias históricas que consideran el progreso por medio de saltos y rupturas y no de manera gradualista. Por supuesto, la ciencia ha cumplido un importante papel en esto, pero no será una ciencia al servicio del “progreso” capitalista la que jugará este papel ahora. Se requiere una ciencia al servicio del pueblo y unos intelectuales comprometidos con ella, no una ilusoria “ciencia para todos” que no ha existido ni podrá existir en una sociedad tan dividida como la nuestra. Esto no quiere decir que haya que desechar los avances de la ciencia y la tecnología o las conquistas de su método. Buena parte de sus logros serán cruciales en una sociedad futura, pero bajo la lógica de “servir al pueblo” y no priorizando las ganancias, de manera que se hará cada vez más racional y humana, haciendo posible que la ciencia se ponga efectivamente al servicio de la humanidad y no como es ahora, un dócil instrumento en manos del poder económico y político dominante.

Esto confirma una vez más como el ejercicio de hacer ciencia y su uso, no son cosas separadas. La ciencia no solo es política en cuanto a su utilización, lo es también en cuanto a la manera como se realiza. En esta sociedad, lo que llamamos ciencia se realiza principalmente en los países “desarrollados” (imperialistas) y no en los llamados del “tercer mundo” (oprimidos por el imperialismo), los primeros productores independientes, los segundos consumidores dependientes. Incluso, así se haga ciencia en nuestros países, ésta se encuentra condicionada por la relación mayor entre país opresor y país oprimido. Los problemas de investigación se deciden y financian a conveniencia de los grandes conglomerados económicos y centros de poder político global, a espaldas de los acuciantes problemas reales (el caso de la investigación farmacéutica es dolorosamente elocuente). Los descubrimientos se aplican de inmediato a la búsqueda de ganancias o al control social y no al mejoramiento y bienestar de las mayorías. Al ciudadano común solo le llegan las aplicaciones tecnológicas, aquella parte de la ciencia que el “libre mercado” convierte en bienes de consumo. Ninguna de estas innovaciones tecnológicas le ayuda a liberarse, a pensar y cambiar el mundo; por el contrario, se convierten en otros tantos instrumentos de la sociedad de consumo, control y manipulación ideológica y política.

La Corriente considera con Levy Leblond que “solo podrá existir una ciencia realmente progresista mediante la apropiación colectiva de los conocimientos y de las técnicas científicas, cosa que provocara, por añadidura, una modificación completa de su forma y su contenido. Una ciencia para el pueblo sólo puede ser una ciencia por el pueblo”.9 Esta relación entre ciencia y política, no puede menoscabar nuestra consigna por la defensa de la ciencia, una ciencia del pueblo y para el pueblo, dado que en un país tan atrasado como Colombia, dominado por el oscurantismo medieval y la opresión extranjera, se convierte en una herramienta imprescindible para avanzar hacia una nueva democracia que es lo que con urgencia necesita la nación colombiana.

Por una Corriente Progresista de Intelectuales. 

Convocamos a los intelectuales a que mantengan en alto su honestidad intelectual, su compromiso con la verdad (en cierto sentido una militancia con la ciencia), a no renunciar a su papel progresista en la sociedad, crítico frente al poder y solidario con las causas populares. A luchar por no venderse como mercancías productoras de conocimientos, a no adecuar el discurso según la conveniencia, renunciando a su postura crítica y dándole la espalda a los problemas del país. Resistir la seducción del poder y del estatus, pues cuando se busca el simple beneficio personal, se legitima la lógica desigual y opresiva del sistema. En este sentido, somos conscientes de la importancia de apoyar la lucha de los intelectuales comprometidos y perseguidos por sus ideas, muchos de ellos expulsados de las universidades o que están siendo estigmatizados y criminalizados por su actividad y postura.

Los intelectuales ocupan un lugar en la cadena de producción y esto les da una ubicación en la sociedad. En una sociedad donde se ha separado el trabajo manual y mental, los intelectuales desempeñan un papel particular. Algunos se limitan a cumplir el papel que les asigna el sistema y producen conocimientos a la medida de sus intereses. En esencia, es el sistema dominante quién determina que van a estudiar y cuál será su producción. Otros, conservan su idoneidad profesional y hacen aportes específicos en su campo. Los más pocos se apartan o se asocian con otros buscando el camino del pueblo y haciendo aportes significativos al esclarecimiento de los problemas de fondo de la sociedad. Entre estos, no pocos han sido connotados pensadores en el contexto nacional y latinoamericano, trabajo que es importante destacar. Un papel de la Corriente es ayudar a visibilizar estos esfuerzos, difundirlos y ponerlos en manos de la gente. El intelectual produce y reproduce ideas, su trabajo se relaciona con el conocimiento y, por lo tanto, tiene una responsabilidad social sobre lo que hace y dice y es bien importante su posición frente a los problemas.

Para la Corriente resulta importante articularse con diferentes colectivos de intelectuales, así como con individuos aislados que puedan hacer aportes significativos. Los intelectuales se constituyen en el eje de la Corriente, básicamente porque contraponen sus ideas a aquellas sesgadas, acomodadas y permite un tipo de respuesta ante la crisis política y social. Sin importar su profesión, el potencial de los intelectuales radica en su facultad de pensar sobre el mundo, y en ese sentido, en la producción y reproducción de ideas, especialmente, aquellas que impulsan el cambio social. Esto incluye la vinculación con los maestros, artistas, círculos literarios y grupos de diferente índole. Hay que hacerles un llamado sincero para que aporten al conocimiento y la lucha a través de su arte y saber, pues el conocimiento no parte solo de las ciencias sociales o naturales, también se requiere acudir al arte y la literatura.

Por esta razón, el movimiento está abierto a todos aquellos académicos, docentes, científicos, intelectuales y artistas que compartan estos objetivos. La Corriente no persigue ningún objetivo estrecho o cortoplacista de integrar a los intelectuales en determinado grupo o ideología política. Por supuesto, cada cual es libre de tomar las opciones políticas que considere adecuados, siempre y cuando no contradigan los principios fundacionales de la Corriente. Pero más importante aún, si la Corriente logra que los intelectuales militen con la ciencia y el arte, las defiendan o desarrollen y luchen realmente por ponerlas en manos del pueblo, consideramos cumplidos nuestros objetivos.

 La Corriente y su organización.

La Corriente nace en el año 2003, producto de la preocupación de un grupo de intelectuales frente a los graves problemas del país y el papel que la intelectualidad progresista debe asumir ante ellos. Definió trabajar en torno a cuatro ejes básicos:

    1. La crítica de posturas anticientíficas o seudocientíficas predominantes en la academia.
    2. La promoción de la investigación de la realidad nacional. 
    3. La divulgación y popularización del conocimiento científico.
    4. La vinculación efectiva de la intelectualidad con los movimientos de resistencia social y popular.  

Nuestros principios son la defensa y desarrollo del pensamiento científico, al servicio del pueblo, con una orientación política democrática, antiimperialista, contraria al misticismo, escolasticismo y demás ideas atrasadas.

La Corriente no es una ONG, no es un partido ni movimiento político, no depende de ninguna institución oficial o privada, nacional o internacional. Se apoya en sus propios esfuerzos y en las organizaciones populares, fundando su trabajo sobre la base de la independencia y el autosostenimiento.

La Corriente Progresista en el campo intelectual, no representa a un grupo, representa más bien un movimiento. A pesar de que en nuestro seno existen discrepancias formales, filosóficas o científicas, políticas u organizativas, nos unimos por aquello que nos aproxima: la defensa de la ciencia, una ciencia al servicio del pueblo. No es una tribuna libre, abierta a todos los vientos del espíritu. Tiene unos principios que la definen y aspira a ser una fuerza beligerante y polémica. No comparte el slogan de la “tolerancia de las ideas”. Para nosotros las ideas son correctas o erróneas, progresistas o reaccionarias. El movimiento tiene unos objetivos nítidos: rechaza todo lo que se opone a la verdad científica y al avance del pueblo. Nos proponemos aportar al esclarecimiento de los problemas del país y del mundo, desde el punto de vista de ciencia y el arte, con el pueblo y para el pueblo. Y nos comprometemos a llevar este conocimiento a la práctica, buscando que la luz prime sobre las sombras.

No es un llamado a “organizarse” en un aparato nuevo. Los intelectuales tienen natural reserva frente a este tipo de propuestas, no solo por su particular condición social, sino por experiencias negativas del pasado donde se ha manejado mal la relación entre ciencia y política. Se trata de articular esfuerzos para apoyar las causas progresistas en la ciencia y la cultura, algo que muchos ya están haciendo desde sus propios espacios, produciendo conocimiento, publicando, divulgando, así que se puede participar en las diferentes actividades, apoyar convocatorias y recibir documentos de la Corriente e impulsar más actividades y conexiones. Este proceso implicará unidad y lucha en el seno de los intelectuales, por ejemplo, sobre la pasividad que pueda surgir, llevándolos hacia una posición más decidida y ayudándoles a dar el salto que se requiere, exigencia que se basa en una mayor toma de conciencia de su papel en la sociedad.

Por supuesto sí se necesitan unos núcleos impulsores básicos, pero la Corriente es mucho más que estos núcleos organizados. No se debe confundir la Corriente con sus núcleos articulados. La Corriente es un movimiento de ideas progresistas que confrontan en la academia -y otros espacios- las posturas reaccionarias. Un sistema de redes puede resultar adecuado para dinamizar las comunicaciones y la información, así como para mantener funcionando una especie de radar que permita identificar y analizar a los diferentes colectivos cercanos y que puedan acercarse en función de objetivos comunes.

Convocamos a los intelectuales a militar con la ciencia y el arte en cualquiera de sus distintas esferas de pensamiento y aplicación particular. A que compartan y discutan sus conocimientos con el pueblo, buscando integrar el conocimiento científico y popular buscando claridad en momentos de oscuridad y confusión. A que asuman su papel crítico, no el del intelectual adocenado defensor de ideas reaccionarias y apoltronado en el statu quo, sino el del intelectual progresista, comprometido con el conocimiento y con el pueblo, que anhela un mundo nuevo, que no solo es posible sino además, urgente y necesario.

 

Corriente Progresista de Intelectuales (Eje Cafetero)

Noviembre de 2012

 

1¡Defender la ciencia!: Un llamado urgente de los científicos; Disponible en www.defendscience.org

2 PENSAR, Revista iberoamericana para la ciencia y la razón, Volumen 4, Número 1, Enero Marzo de 2007, página 5.

3 Pensamiento crítico: ¿necesidad social o lujo académico? Ponencia presentada por Alejandro Borgo en el II Congreso Iberoamericano de Pensamiento Crítico, Lima, Perú, agosto de 2006. Disponible en: h ttp://www.reocities.com/cong_pc_lima/borgo-pensamiento_critico.htm

4 La discusión sobre la finitud o infinitud del universo proviene de la antigüedad y continúa hasta nuestros días. Partimos filosóficamente de concebir un Universo infinito aunque sabemos que la discusión en el campo de la física y la astronomía está lejos de haberse saldado.

5 Ver R.C. Lewontin, No está en los genes, Grijalbo Mondadori, Barcelona 1996, páginas 16 y 17.

6 Ardea Skybreak, De pasos primitivos y saltos futuros, Editorial Tadruí, Bogotá 2003, página 21.  

7 Towards an Anti-Imperialist Science. Ciencia para el Pueblo Vol. 5.

8  La ciencia de la religión, Mauricio Vargas Villegas, El Espectador, 6 de septiembre de 2008.

9 (Auto) crítica de la ciencia, Jean-Marc Lévy-Leblond, Alain Jaubert, Compiladores, Editorial Nueva Imagen, México, 1980.