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Las fake news y la pandemia

Todos los sucesos modernos se ven permeados de una u otra forma por las redes sociales y el internet. La pandemia por la que atravesamos y la crisis venidera no es la excepción.

Es así como cada día circula una cantidad innumerable de [des]información por las redes en forma de publicaciones de Facebook, tweets, imágenes, vídeos, audios de whatsapp y textos. Lamentablemente, una buena parte es información falsa o parcialmente falsa. A veces consideramos que el desconocimiento de la realidad objetiva es inofensivo, como cuando hablamos de las creencias idealistas individuales. Yo, sin embargo, considero que las creencias irracionales, así como el pensamiento idealista en general, tienen consecuencias negativas que por lo general no se aprecian de manera directa o al corto plazo.

La imposición de los dogmas religiosos a los seres humanos desde niños cierra sus mentes al cuestionamiento, a la curiosidad y al pensamiento crítico. No hay nada que hacer, cuanta más fe «ciega» tenga una persona, menos abierta estará a aceptar la evidencia que rechace sus creencias. Quienes creen lo hacen «a pesar de» el cúmulo de evidencias en su contra, como lo vemos en el caso de la ciencia de la evolución. Las consecuencias de esa imposición ideológica a los niños solo se verá durante su etapa adulta.

El nuevo coronavirus llamado COVID-19 es muy contagioso. Los expertos recomiendan el aislamiento social y un régimen muy estricto de lavado de manos, junto a otras medidas. Sin embargo, se han visto casos en el mundo de pastores que llaman a sus «fieles» a violar las cuarentenas para asistir a los cultos. Y es que si creo ciegamente en mi dios o en mi religión, y le atribuyo características sobrenaturales, pues creeré también que me puede curar o proteger de esta enfermedad. Si no lo creo, estaré dudando, y las dudas no son bien recibidas dentro de estas ideologías.

Las religiones no son la única traba a tomar medidas efectivas en una crisis como esta. Dentro de las cadenas de Whatsapp que circulan todos los días aparecen numerosas curas, algunas, totalmente absurdas, y otras sin ninguna evidencia. He escuchado en los grupos familiares del bicarbonato, el cloro, el vodka (porque tiene alcohol) y recientemente escuché de la hidroxicloroquina (un medicamento contra la malaria) y la azitromicina (un antibiótico que me han recetado contra la amigdalitis).

Y resulta que esta última combinación está siendo probada por la comunidad científica y ha mostrado resultados prometedores. Sin embargo, su uso no ha sido aprobado. Algo que los lectores deben recordar en todo momento es que todo tratamiento médico está compuesto de unos medicamentos y unas dosis espaciadas por una determinada cantidad de horas. Algunas veces me han mandado a tomar dos pastas de acetaminofen cada 6 horas, otras veces tan solo una cada 8. La gente olvida que todo eso depende de la enfermedad que tengamos y solamente un médico puede determinarlo.

Con esas cadenas no faltará la persona que se sienta enferma y decida comprar azitromicina en su farmacia más cercana. Y ha pasado; la BBC reporta que una persona murió por consumir un producto de limpieza de piscinas que contiene el mismo compuesto activo que la hidroxicloroquina.

Según la Cruz Roja, las noticias falsas tienen un impacto negativo en la velocidad de reacción frente al coronavirus, lo cual es muy preocupante teniendo en cuenta que no existe una vacuna, y la única forma en que los sistemas sanitarios del mundo podrán atender la emergencia es ralentizando el avance de la enfermedad. La vacuna quizá venga a mediados del 2021, y la sociedad adquiere lentamente inmunidad al virus (aunque no sabemos aún cuánto tiempo dura dicha inmunidad). Si se expande con demasiada rapidez, muchas personas estarán en riesgo de morir.

Pero creo que la discusión va más allá: la necesidad de pensamiento crítico que se evidencia en momentos como este, y en los discursos educativos, choca contra ciertos valores de la sociedad capitalista moderna. Miremos nada más el caso de la publicidad. La publicidad busca muchas veces todo lo opuesto de la verdad. En algunas ocasiones, las compañías invierten enormes recursos para esconder la verdad cuando no le conviene a su negocio y por sobre la salud y el bienestar humano. Aquí en Colombia han llegado a censurar publicidad que cuestiona el impacto del azúcar en la salud porque afecta los intereses de las empresas de gaseosas.

¿Cómo promover el pensamiento crítico y a la vez continuar con una sociedad de consumo?. Las compañías piensan continuamente en cómo producir más y más mercancías y servicios, a la vez que promueven el consumo de los mismos. Hablamos de un proceso no planificado. Esa es la contradicción. La sociedad moderna es un caldo de cultivo para las «fake news». Tenemos ciudadanos no educados, por un lado, y la capacidad tecnológica de crear contenidos y propagarlos por el mundo con gran facilidad, todo esto junto a una forma de organización social que en su núcleo necesita de gente ignorante en las cuestiones más básicas de la ciencia para poder sostenerse y subsistir.

Tanta es la preocupación reciente frente a las «fake news» que plataformas digitales como Google o Facebook han tenido que implementar medidas para controlar las noticias falsas. No solo lo hacen por el coronavirus sino que lo han venido planteando e implementando desde que se demostró el impacto que pueden tener en las elecciones democráticas, sobre todo en países desarrollados. Sin embargo, plataformas como Whatsapp no pueden regularse porque el contenido se envía cifrado desde un extremo al otro, lo que quiere decir que la compañía no puede acceder fácilmente al contenido sin recurrir a prácticas cuestionables o ilegales y sin que su imagen se vea afectada por ello.

Necesitamos asumir una actitud más científica, si, pero por sobre todo, necesitamos una sociedad más científica.

CORRIENTE PROGRESISTA DE INTELECTUALES

EJE CAFETERO

Imagen: pixabay

“Laissez-faire” a la peste

Don Benja es un señor muy mayor que vive solitario por temporadas en su pequeña cabaña de barro y guadua de un resguardo indígena clavado entre las montañas. Apenas cursó pocos años de primaria, pero es un hombre sabio, dueño del conocimiento que le legaron la vida y sus luchas continuas. Es, sobre todo, un hombre comprometido, que sigue luchando por los derechos de su pueblo, que sigue enseñando a luchar a los jóvenes. Lo recuerdo en estos días en que los ancianos se han convertido en las principales víctimas del virus que se propaga con la velocidad frenética de las ofertas comerciales y los vuelos transplanetarios, como si los ancianos pobres de mi país no fueran ya las primeras víctimas de otra epidemia de abandono, miseria e inexistencia total de servicios sociales, el legado de tres décadas de neoliberalismo furioso.

Y entonces repaso algunos de los titulares de los últimos días: “Israel anuncia que sacará a ancianos de hospitales para dejar sitio a infectados con COVID” anota La Vanguardia. “Italia: confirman las declaraciones de un médico sobre la masacre de ancianos” dice El Clarín. “El horror que se vive en algunas residencias de ancianos de España por la crisis del COVID-19” titula luego la BBC. ¿Merece existir un orden social que sacrifica y desecha a los más viejos, con todo lo que significan, con todo lo que representan?

Hay un hilo conductor entre la política (neo) liberal, el control demográfico y la eugenesia social, un discurso que ha experimentado un repentino y epidémico brote casi al mismo tiempo que el COVID-19. Ese hilo común es el “dejar hacer, dejar pasar”, la fórmula elegida por los poderes mundiales hace ya cuatro décadas para superar la crisis de acumulación del capital y, de paso, la debacle social que la acompaña, especialmente en el tercer mundo. Aunque la fórmula se aplica principalmente a la no intervención del Estado en la economía y proviene del siglo XVIII, su influencia se extiende hasta nuestros días y se expresa en todas las esferas de la vida social.

Robert Malthus fue un influyente pensador inglés de principios del siglo XIX. En su libro “Ensayo sobre el principio de la población”, Malthus esbozó métodos brutales y muy crueles de control demográfico, en un lenguaje desparpajado que parece evocar al de políticos como Donald Trump o Jair Bolsonaro. Aunque era clérigo, no lo motivaba la preocupación por el prójimo, sino los intereses de su propia clase que sentía amenazada su riqueza ante el explosivo crecimiento de los trabajadores. Explícitamente planteaba:

“El hambre parece ser el último y el más terrible recurso de la naturaleza. La fuerza de crecimiento de la población es tan superior a la capacidad de la tierra de producir el alimento que necesita el hombre para subsistir, que la muerte prematura en una u otra forma debe necesariamente visitar a la raza humana. Los vicios humanos son agentes activos y eficaces de despoblación. Son la vanguardia del gran ejército de destrucción; y muchas veces ellos solos terminan esta horrible tarea. Pero si fracasan en su labor exterminadora, son las enfermedades, las epidemias y la pestilencia quienes avanzan en terrorífica formación segando miles y aún decenas de miles de vidas humanas. Si el éxito no es aún completo, queda todavía en la retaguardia como reserva el hambre: ese gigante ineludible que de un solo golpe nivela la población con la capacidad alimenticia del mundo” (1).

Desde aquellos tiempos, las guerras, el hambre y las pestes han estado cumpliendo su terrible labor, no siempre con éxito, pues la población no cesa de crecer. Esto, por supuesto, no ha impedido que las ideas de Malthus se reciclen en los trabajos de distintas entidades internacionales, desde Naciones Unidas y el Banco Mundial, hasta el Club de Roma con documentos tan influyentes como “Los límites del crecimiento”, un informe de 1972 que vuelve sobre la vieja idea maltusiana del desfase entre el crecimiento de la población y la limitación de los recursos del planeta, discurso presentado como “científico” para apuntalar programas de control social y demográfico muy regresivos. Aunque ahora no se defienden públicamente soluciones al estilo Malthus, si se aplican políticas de control natal y esterilización forzada en países del tercer mundo, especialmente hacia minorías étnicas, como ha ocurrido en Centroamérica, o como ocurrió en Perú en décadas pasadas.

Políticas de control demográfico fueron, por ejemplo, las que propuso el premier británico Boris Johnson el 12 de marzo, cuando afirmó que era conveniente permitir un contagio controlado de la población, antes de recurrir a medidas más radicales como el aislamiento social, el cierre de fronteras o la paralización de la economía. Incluso, su asesor científico sir Patrick Vallance, sugirió que parte de la estrategia consistiría en gestionar el contagio de la infección para hacer inmune a la población. La llamada “inmunidad del rebaño” permitiría que el 80% de la población se contagie para crear una autoinmunidad que supuestamente iba a proteger al 20% más vulnerable. Pero los expertos de la OMS consideran que este experimento de no intervencionismo se traduciría en unos 510.000 muertos sólo en el Reino Unido (2).

El gobierno norteamericano ha seguido una estrategia muy similar. Se ha negado a trazar una política unificada en todo el país, dejando que cada Estado actúe por su cuenta. Incluso, después de haber ordenado el aislamiento de las ciudades más afectadas, Donald Trump declaró que “el remedio no puede ser peor que la enfermedad” y que pronto relajaría las medidas, en una clara defensa de los negocios por encima de la vida de las personas. El vicegobernador de Texas, Dan Patrick -republicano acérrimo- lo dijo más claro: “como adulto mayor, estoy dispuesto a arriesgar la vida a cambio de mantener el Estados Unidos en el que yo crecí… sí ese es el intercambio, yo estoy dispuesto" (3).

En la misma tónica anticientífica, se está dejando avanzar a la epidemia en países como Brasil, Suecia o Bielorusia. Así, Bolsonaro minimizó la enfermedad llamándola una “gripiña”, S. Loften le dijo al pueblo que “había que sacrificarse” por la economía y el autoritario Lukashenko afirmó que “estas cosas pasan”, negándose a tomar medidas efectivas. Esto implica no solo “dejar hacer” al virus y “dejar pasar” la pandemia en aras de salvar la economía, sino cobrar la vida de millones de personas por todo el mundo. ¿Qué ideologías fomentan una infamia tan grande?

Francis Galton, primo de Charles Darwin y padre de la teoría eugenésica, propuso a mediados del siglo XIX la mejora de los rasgos hereditarios mediante diversas formas de selección humana. Buscando garantizar la continuidad de los más fuertes, sanos e inteligentes (según criterios muy sesgados), Galton defendió la no reproducción y hasta la muerte de personas que no encajaban en dichos estereotipos. Según su lógica, proteger a los minusválidos, los enfermos o los tarados, era ir contra la ley natural de la “supervivencia del más apto”, fomentando la continuidad de las enfermedades y llevando a la decadencia de “la especie”. Por eso se opuso al tratamiento de estos enfermos dejando que la “ley natural” de la enfermedad los eliminara, considerando esto como un “ahorro” de recursos para el Estado y la sociedad. El reverso de la eugenesia derivó, es bien sabido, hacia los campos de exterminio masivo de los nazis.

Los sistemas de asistencia social y de aseguramiento en salud cumplen precisamente la función de prolongar la vida de la gente y hacerla más llevadera. En parte, gracias a ellos, se ha logrado una esperanza de vida de 72 años en promedio mundial, cifra que para mediados del siglo pasado llegaba apenas a los 50 años. Está claro que la pandemia de coronavirus atacará con más fuerza a las masas urbanas y especialmente a mayores de edad, enfermos crónicos, inmigrantes, desplazados, desempleados, habitantes de calle y adictos a las drogas. Esta es la población que políticos de derecha como Nicolás Zarkozy llamaron “la racaille”, la escoria, al igual que Trump cataloga a los inmigrantes de “plaga” y Bolsonaro de “peste” a los delincuentes.

De modo que siguiendo aquel concejo de W. Churchill de “nunca desaprovechar una buena crisis”, estos políticos de la derecha están aprovechando la pandemia para aplicar un programa eugenésico de dimensiones planetarias. Regidos por su fanatismo político y religioso, consideran que es el momento de deshacerse de millones de personas por improductivas, que son una onerosa “carga” para el Estado. La “masacre de ancianos” de la que se hablaba hace unas semanas en Italia, será en los hechos un fabuloso incremento en la rentabilidad de los fondos privados de pensiones. Incluso atacan a aquellos trabajadores productivos como los inmigrantes, considerándolos “parásitos”, al estilo de una perversa película coreana, invirtiendo completamente la realidad de quién alimenta a quién en esta sociedad. Este odio y desprecio se extiende a las minorías nacionales de afroamericanos, amerindios, asiáticos, gitanos, considerados ciudadanos de tercera clase, vidas que no valen, gente que no duele, carne de cañón para las guerras, las fábricas o los prostíbulos. Desde hace siglos se experimenta con ellas y se les somete a exterminio.

Aunque en apariencia el virus no diferencia clases sociales, en realidad veremos que cuando se complete el ciclo del desastre y aparezcan las grandes estadísticas, el pueblo será quién ponga la mayoría de los muertos. En parte porque el acceso a los sistemas de salud y a las medidas de prevención del virus como auto aislarse y confinarse también acaban sujetas a condicionamientos de cada clase social. Ahí están la educación, la ciencia, la cultura, la posibilidad de reservar comida para uno o dos meses, el acceso a un grifo con agua potable para lavarse las manos, cuestiones que faltan a media humanidad. Así funciona este sistema en su base, reproduciendo la segregación, la marginación, la opresión, en cada ciclo, en cada crisis, en cada generación.

Adam Smith se hizo célebre al plantear que la búsqueda de los intereses egoístas de los distintos agentes económicos conlleva de manera inconsciente el máximo bienestar social para el conjunto. Adujo que una “mano invisible” –el mercado- conducía todo el proceso hacia sus nobles objetivos. No intervenir, no regular, no colocar barreras; permitir que el mercado se desenvolviera como un orden natural, que se limita y se regula a sí mismo. Pero el discurso del libre mercado esconde la necesidad de rotación del capital, vital para su supervivencia. Sus “nobles objetivos” hoy están a la vista: hambre, pestes, guerras, degradación social, debacle ambiental. La quietud o el enlentecimiento de su incesante ciclo, significan la muerte del capital. No importa que haya que sacrificar a millones para acelerarlo.

¡Dejen pasar a la peste, dejen hacer a la epidemia! El futuro del capital está en juego.

CORRIENTE PROGRESISTA DE INTELECTUALES
EJE CAFETERO

NOTAS.
(1). Malthus, Robert. Primer ensayo sobre la población. Altaya editores, 1993, Barcelona, página 128.
(2). https://www.bbc.com/mundo/noticias-51930745
(3). https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52043274

Imagen: La ronda de los presos - Vincent Van Gogh (tomada de Wikipedia)

Entrevista con Douglas Montañez, un médico en la primera línea de lucha contra el COVID-19

De: Camilo Alzate

Douglas Montañez hace parte del Programa de Atención Domiciliaria de una de las EPS que ahora realizan muestras para detectar el COVID-19. Después de las precauciones extremas, de los cuatro pares de guantes y los copitos untados de flema que se guardan en tubos de ensayo rotulados y envueltos en bolsas de bioseguridad y neveras de icopor a dos grados, después de la bata y las gafas que está obligado a desechar luego del contacto con los pacientes, conversamos con él, sin tapabocas, por supuesto.

¿Cómo ha sido su trabajo con pruebas domiciliarias y seguimiento a pacientes con COVID-19?

Desde la declaratoria de pandemia de la Organización Mundial de la Salud el 11 de marzo se prendieron todas las alarmas. Nosotros estamos con un programa de la EPS Salud Total que se llama programa de atención domiciliaria, PAD, llevamos muchos años haciendo la tarea: visitamos pacientes hospitalizados en sus casas, pacientes crónicos, pacientes terminales. Desde el miércoles (11 de marzo), adicional a lo que normalmente hacemos nos dieron la tarea de tomar las muestras a los primeros pacientes que se identificaron como casos estrechos o casos positivos, sobre todo al núcleo familiar de esos positivos iniciales. A los positivos se les hace contacto telefónico diario y visita cada cuatro días en la casa para valorarlos.

¿Ese programa lo maneja la secretaría de salud o la EPS?

Todas las EPS deben tener un plan de contingencia para hacerle frente a este asunto. Obviamente las secretarías departamentales coordinan la estrategia, dictan unas medidas, unas normas y cada EPS tiene que cumplirlo con los suyos: toma de muestras, hacerles seguimiento a los pacientes. En este momento nosotros estamos, creo yo, con la experiencia más grande en la región en el tema de atención domiciliaria. Llevamos siete años en el asunto, conocemos como se lleva a cabo esto, y lo único que ha hecho la diferencia ha sido tomar unas medidas adicionales de protección cuando se toman las muestras, el protocolo ya existe y todo el mundo lo debería cumplir. Pero hay un desconocimiento muy tremendo con el manejo de la crisis, yo fui el único médico que participó en las reuniones convocadas por la secretaría de salud el fin de semana, ninguna EPS envió médicos, ni sus coordinadores científicos. Esta es una situación completamente nueva, no se trata como un sarampión o una gripa o cualquier otra epidemia que se haya manejado antes, lo que hay que hacer es tomar el manual de 123 páginas de la experiencia en Wuhan, que ya salió publicado, y tomar de allí las medidas que funcionaron y desechar las que no, sin ponerse a inventar y a improvisar pretendiendo manejar esto como si fuera una epidemia de gripita, de sarampión o varicela. Hay que poner a todo el mundo a leer ese documento, más que generar pánico. Por ejemplo, el famoso tapabocas N95 no debe usarse con personas positivas porque el dispositivo que trae el tapabocas N95 funciona como las botellas de whisky: deja salir pero no deja entrar. Entonces ese tapabocas deja salir partículas del virus que tienen los pacientes cuando tosen o respiran. En Italia y en España lo usaron porque era el reglamentario y los pacientes seguían expulsando el virus. Otro descubrimiento que está en el manual de Wuhan: los primeros síntomas son pérdida del gusto y el olfato, antes que la fiebre o la tos, es el primer signo que la mayoría de pacientes experimentaron. Y otra recomendación, que parece pendeja pero es muy práctica, usar la mano no dominante para abrir la puerta y manipular objetos.

¿Ha funcionado la dinámica de las visitas, el seguimiento?

Arrancamos haciendo las pruebas. Fue un despelote conseguir los famosos kits para protegernos al tomar las muestras: la gorra, las gafas, el tapabocas, la bata esa de manga larga, polainas. Al principio no se podían armar los kits porque o faltaban las gafas o faltaban los tapabocas. Nos han pasado kits dependiendo del número de muestras, si hay que tomar cinco nos dan cinco kits, si son diez muestras entonces nos dan diez kits, porque todo eso se desecha al momento de atender los pacientes y se deposita en unas bolsas rojas que luego recoge una empresa llamada Residuos Hospitalarios para incinerarlas. Somos muy escrupulosos con la normatividad. Las pruebas que estamos haciendo ahora son lo que se llaman contactos estrechos, es decir, personas que conviven en la misma casa por periodos prolongados con aquellos que ya fueron diagnosticados. Ahí tenemos un problema porque las muestras se han enviado a Bogotá y dependemos de la confirmación del laboratorio en Bogotá, dependemos de la información centralizada que tiene el Ministerio de Salud.

¿El laboratorio de la Universidad Tecnológica de Pereira no fue habilitado para las pruebas?

Hasta ahora no, todas las muestras se envían a la Secretaría de Salud en la carrera 7 con 40 y de ahí a Bogotá. Pero la información no está fluyendo de arriba hacia abajo, las primeras muestras las tomamos exactamente hace ocho días y no han llegado los resultados. Sólo nos han reportado tres muestras con resultados negativos. Tienen el monopolio de la información desde el Ministerio, pero nos estamos enfrentando un problema porque los familiares con contactos estrechos no saben aún si están positivos.

¿Y ahora qué?

Ahora nos tienen en stand by, contrataron otra empresa que se llama Humanizar para la toma de las muestras y a nosotros nos tienen haciendo el seguimiento telefónico y las visitas domicialiarias, pero han tenido problemas de reactivos para hacer las pruebas. Nos dicen que volvemos a hacer pruebas si ellos colapsan.

Risaralda tiene la tasa más alta del país con relación a la población total: 17 casos.

Si, pero es porque están funcionando muy bien los sistemas de referenciación y de toma de muestras, la ciudad está juiciosa tomando muestras. Eso dará la oportunidad en el servicio, saldrá una información que consolidará a las EPS como las mejores, pero no sirve para nada más, la prueba sólo sirve para detectar personas positivas y con ellos hacer una labor pedagógica de aumentar el aislamiento, la prueba no va ligada a un tratamiento.

¿Alguno de sus casos se ha complicado?

Todos los pacientes de Salud Total que están bajo nuestra custodia siguen asintomáticos, están en casa, confinados, guardando el aislamiento. Van muy bien, han colaborado mucho. Los casos que supimos que están ingresados en una Unidad de Cuidados Intensivos de la ciudad no son nuestros, son de Cartago, colombianos que estuvieron haciendo lo que ahora llamamos “el tour del coronavirus”, andaban de paseo por Europa en España, Francia, Italia, recibieron una carga viral muy grande y están muy graves, intubados desde el domingo. Son un hombre de 46 y una mujer de 41 años sin antecedentes previos, jóvenes, eso desmitifica la vaina de que sólo le da a viejitos. A cualquiera de nosotros le puede dar.

¿Cuál es su balance de esta crisis?

Hay muchos errores. Lo único que demuestran es el deterioro del sistema de salud pública en Colombia, que se desbarató con la ley 100 de 1993 y ya no funciona. Por ejemplo, las cifras de tuberculosis se dispararon cuando la infección estaba a punto de desaparecer del planeta, y más en Colombia, donde hubo un programa muy bello y muy juicioso que funcionaba como un relojito. Todo se acabó con la ley 100 y volvimos a ver tuberculosis por toda parte, aumento del SIDA, de herpes zoster, y la gente no se entera. Después de esta pandemia los sistemas de salud van a empeorar, el sistema sigue muy debilitado. Lo que han hecho es poner camas en toda parte, que no van a servir para nada, porque no son unidades de cuidados intensivos. Amanecen diciendo que hay tantas camas en un batallón o en Expofuturo, con eso le muestran a la gente que hacen algo, pero si quisieran un cambio real se pondrían a reestructurar el sistema de salud, a evitar la tercerización de los médicos, contratados en condiciones absolutamente vergonzosas por empresas temporales (son de las mismas EPS, pero se lavan las manos y evaden su responsabilidad). Por eso el gran temor de que el sistema colapse y las medidas tan extremas de confinamiento, porque saben que no tienen cómo enfrentar la crisis. No están haciendo nada para revertir el asunto.

En ese sentido lo menos grave va a ser el virus.

Claro. Se generarán más problemas sociales por el confinamiento y sin tener una experiencia con eso, lo del suministro de comidas, el terror de la confinación, la gente en las casas aguantando ahí con su mercadito, el pánico que genera una cuarentena tan larga sin las medidas estatales necesarias en cuanto al flujo de alimentos y el pago de deudas, los bancos no han parado de cobrar y de joder. Lo mínimo que debería hacer el gobierno es garantizar comida y servicios públicos para generar tranquilidad.

Yo pienso que fue una medida exagerada, muy drástica, inicialmente debieron haber cerrado las entradas de aviones desde el primer día de declaratoria de la pandemia, y no tendríamos un solo caso. Eso fue un error del Estado, lo tendrán que asumir y responder en su debido momento. Y segundo, ahora se le va a dar importancia a un tema especializado, vamos a quedarnos llenos de una cantidad de unidades de cuidados intensivos, que encarecen el costo de la salud al final, pero no se está invirtiendo ni en prevención ni en promoción en salud, las redes básicas de atención están colapsadas y nunca las van a mejorar, los hospitales, clínicas y puestos de salud del Estado, donde se recibe el mayor volumen de personas, van a seguir iguales. En nada va a mejorar la atención en el país después de esto, al contrario, van a quedar más pobres los hospitales porque se están gastando la plata en un montón de cosas que cuando pase la epidemia no van a servir para nada. A la vuelta de unos meses vamos a tener arrumes y arrumes de tapabocas sin usar. A los que estamos metidos dentro del asunto y conocemos cómo es el funcionamiento nos da mucha rabia que eso esté sucediendo.

Mundo “Ganar tiempo”: la imperdible carta de una viróloga que explica por qué es clave tomar medidas drásticas por el coronavirus

"Margarita del Val es una de las científicas que mejor divulga la biomedicina en España. Es investigadora en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, y su misiva ha sido recogida por la Universidad Complutense de Madrid. Por qué es importante que sea leída por los más jóvenes"

Enlace: https://www.infobae.com/america/mundo/2020/03/12/ganar-tiempo-la-imperdible-carta-de-una-virologa-que-explica-por-que-es-clave-tomar-medidas-drasticas-por-el-coronavirus/

El coronavirus evolucionará hacia una forma menos agresiva

Compartimos este excelente artículo que explica claramente como evolucionan los virus en relación a sus huéspedes y como tienden a permanecer los menos patógenos como en el caso de la influenza.

"Lo más probable es que el coronavirus se atenúe y conviva con nosotros como la gripe."


Enlaces: https://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/27/posts/el-coronavirus-evolucionar-hacia-una-forma-menos-agresiva-18446