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Cosmos III - La armonía de los mundos

COSMOS - 03 La armonia de los mundos from roberto moreno doñoro on Vimeo.

Cosmos II - Una voz en la fuga cósmica

COSMOS 02 - UNA VOZ EN LA FUGA CÓSMICA (Latino) from Juvenal Gordon on Vimeo.

Cosmos I - En la orilla del océano cósmico

El espinazo de la noche

Tomada de: flickr

Próximos a conmemorar un año más de la desaparición de Carl Sagan, son interminables los reconocimientos hechos a este acucioso vigilante del cosmos por el mundo científico que bautizó con su apellido el asteroide 2790 y la base espacial en Marte.

 

Pionero de la cátedra David Duncan de Astronomía y Ciencias del Espacio; director del Laboratorio de Estudios Planetarios de la universidad de Cornell; asesor en los programas Mariner, Viking, Apolo, Voyager y Galileo; prologuista del best seller “La historia del tiempo” del físico Stephen Kawking; medalla de la NASA y premios Pulitzer y Emmy, entre otros.

 


Sagan, al igual que Isaac Asimov, Alvin Toffler y John Naisbitt, no se quedó en la fantástica
narración de relatos futuristas. Este visionario e investigador que ayudó a descifrar las altas temperaturas en Venus, los cambios estacionales de Marte y las nubosidades rojizas de Titán, también alertó no solo sobre el “invierno nuclear” y la desaparición de la biosfera, consecuencias fatales de la guerra atómica, sino también sobre los peligros del fundamentalismo religioso, el esoterismo, el boom del paranormalismo y las pseudociencias (“El primer pecado de la humanidad fue la fe; la primera virtud, la duda”).

 


Hace 35 años Carl Sagan sorprendió a 400 millones de televidentes de 60 países del mundo con los 13 capítulos de su célebre serie “Cosmos: un
 viaje personal” de la cual era su guionista y presentador. Este acontecimiento audiovisual se ha comparado con el pánico que produjo la transmisión radial de “la guerra de los mundos” de Orson Wells (1938), la trágica noticia del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945), las crónicas de los bombardeos sobre Londres (1940-41), los lanzamientos del Sputnik I (1957) y los cohetes Mercury (1958) y el alunizaje del Apolo 11 (1969).

 


Unos meses después de su muerte en 1996, cuando repasaba con mis
 estudiantes de humanidades ese memorable capítulo VII (“El espinazo de la noche”) sobre el significado de dos grandes misterios de la humanidad (el fuego y el origen del universo), fui sorprendido al obligárseme a realizar una ingrata tarea como supervisor de educación: atender una sentida queja proferida por un rector de un colegio nocturno quien pedía la apertura de un proceso disciplinario contra la profesora de filosofía por haber abandonado ésta, el aula de clase y haber invitado a sus estudiantes a contemplar, tendidos en el pastizal del colegio, el majestuoso espectáculo de una noche estelar y una lluvia de estrellas.

 


Una extraña y penosa enfermedad (mielodisplasia) no pudo arrebatarle sus sueños y sus ansias de vivir. “He aprendido mucho en mi batalla contra la muerte: la belleza de la
 vida, el valor de la amistad y la familia, el poder transformador del amor (…)

 

Quiero hacerme viejo junto a Annie, ver a mis hijos crecer, participar en su desarrollo integral, conocer a mis futuros nietos (…) De la solución de muchos problemas científicos quiero ser testigo: los viajes interestelares y la exploración de otros mundos, la búsqueda de vida extraterrestre, la solución de los mayores dilemas humanos, los peligros y las promesas de la tecnología (…)”.

 


Coletilla. A sus 62 años y en su lecho de muerte, éste quizás fue el artículo mortis de nuestro infatigable argonauta cósmico: “Me gustaría creer que, cuando muera, volveré a vivir; que alguna parte pensante, alguna forma de memoria o de sentimiento permanecerá en mí. Pero con la misma intensidad que lo deseo, sé que no hay nada que sugiera que es algo más que una vana esperanza”.

 


gonzalohugova@hotmail.com

Fuente: http://eldiario.com.co/seccion/OPINION/el-espinazo-de-la-noche1507.html

Ciencia y religión

Con la nueva producción de la serie Cosmos, conducida por el astrofísico Neil deGrasse Tyson, la cual sigue la línea estructural y temática de la primera producción realizada a finales de la década de los 70, presentada y dirigida por el también astrofísico Carl Sagan, la disputa entre ciencia y religión, dos formas de explicación del universo y la vida, una basada en la razón y la otra en la creencia, han cobrado fuerza y vigencia.

A pesar de los ya famosos intentos de establecer un acercamiento o complementariedad entre estas dos formas de aproximación a la realidad, por ejemplo el famoso debate del 2004 entre el filósofo Jürgen Habermas y el entonces cardenal Joseph Ratiznger, resulta evidente para muchos que ciencia y religión no solo son disímiles sino que además son inconciliables, pues mientras la primera parte y se nutre del cuestionamiento, la segunda nace y se fortalece con la fe; mientras una no establece límites y avanza gracias a la crítica bajo la cual somete todos sus juicios, la otra se repliega y no admite poner en duda ninguno de sus dogmas; mientras una está en permanente búsqueda y construcción, la otra ofrece una verdad inmutable y final… En fin, las diferencias, abismales e insalvables entre una y otra, son bastante numerosas y sustanciales, pero todas ellas son más o menos derivación lógica de un hecho general: la ciencia alienta el uso de la razón, la religión la inhibe.

Hoy, como ayer, Cosmos ha puesto el dedo en la llaga al iniciar la serie defendiendo con contundencia la teoría de la evolución como una explicación científica y suficientemente probada del origen del ser humano, pero esta vez la serie ha dado un paso adelante al atreverse a denunciar la patraña de quienes pretenden dotar de cientifismo a la teoría creacionista camuflándola bajo el nombre de “Diseño Inteligente”, poniendo de este modo a la teoría creacionista en el lugar que le corresponde, el de los mitos y leyendas.

Ahora bien, puede entenderse que en la infancia de la humanidad todo fenómeno recién percibido y vivido por el ser humano resultase inexplicable; que ante la majestuosa belleza de la naturaleza y su impredecible manifestación, se inventase un ser omnipotente responsable de todo y, por ello mismo, capaz de intervenir continuamente en él, pero que esa simple, endeble y provisional solución a las incógnitas y misterios de la vida, siga siendo considerada válida en un mundo en el que la ciencia ha logrado ofrecer explicación lógica y racional a muchos de tales fenómenos, exige explicación.

Explicaciones para entender este fenómeno hay muchas, algunas elaboradas por prestigiosos científicos y filósofos, algunas provenientes de la sociología, la sicología, las neurociencias y hasta del determinismo biológico más radical, pero aunque algunas de éstas puedan resultar poco convincentes, incompletas o refutables, no puede negarse que hay factores históricos, reales y concretos que no pueden descartarse a la hora de entender por qué se sigue creyendo en un dios en la era de mayor desarrollo de la ciencia.

Desde los inicios de la división de la sociedad en amos y esclavos, la religión se ha utilizado como una forma más de sometimiento y sujeción. Las instituciones religiosas se han constituido en potentes armas ideológicas al servicio de los más poderosos y ellas, en sí mismas, han detentado el poder no sólo ideológico sino social y económico en largos y nefastos períodos de la historia.

A través del miedo y del terror, de un lado, y de la espada y todas las formas inimaginables de tortura, de otro, la religión ha logrado no solo imponer la creencia en un ser divino sino, lo que es peor, castrar toda forma de pensamiento crítico y reflexivo, tarea persistente en la que las demás instituciones sociales han participado en su propósito de servir a quienes detentan el poder, que son quienes realmente reciben los réditos de la ignorancia y la estulticia humanas.

Cosmos, en su defensa férrea y sin titubeos del pensamiento científico como forma válida de conocimiento, se constituye así en un ataque a la estructura de poder que sustenta el ideario falaz de la religión, de ahí la fuerza de las voces que se levantan en contra de la serie.

La ciencia, en su búsqueda de la verdad, en su camino irreversible hacia el desentrañamiento del Cosmos, necesariamente se convierte en un arma de lucha en contra de la opresión, es ese su poder, es ese su peligro.