La piedra de la paciencia —El despertar de una mujer afgana

corriente 7 años, 3 meses atrás Artículo , Película Comentarios

16 de septiembre de 2013. Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar. Por Fatemah Hosseini. La película La piedra de la paciencia abre una ventana a algunos aspectos olvidados de la opresión de la mujer en Afganistán, revelando las formas externas e internas del cruel sufrimiento de las mujeres. Pone al descubierto los profundos y traumáticos aspectos de la brutalidad de las relaciones atrasadas y de las cadenas que aplastan el espíritu de las mujeres.


Atiq Rahimi, director de la película y autor de la exitosa novela en la que está basada, abandonó Afganistán en la década de 1980 durante la invasión soviética y ha estado viviendo en París desde entonces. La película se estrenó en Paris el pasado mes de febrero y se ha estado presentando en diferentes ciudades europeas y hace poco se estrenó en Estados Unidos.

La piedra de la paciencia es la historia de una mujer anónima (interpretada magistralmente por Golshifteh Farahani) de casi treinta años. Su esposo (Hamidreza Javdan), que casi la dobla en edad, está en coma, y es un ex muyahidín sin nombre, con una bala en el cuello. Él no fue herido en la guerra sino en una pelea por honor: alguien le dijo, “escupo en el coño de tu madre”. Toda su familia y sus compañeros combatientes lo abandonaron. La pareja vive en un lugar no especificado en Afganistán durante una guerra no especificada, cuya presencia es constante y amenazadora en sus vidas. Al saber que la guerra está por llegar a la aldea, sus parientes políticos se marchan a un lugar más seguro, dejándola a ella sin ingresos, con dos hijos y con un esposo en coma que hay que cuidar.

Esta película es un largo monólogo en el que esta mujer anónima desahoga todo su sufrimiento ante una “piedra de la paciencia”, en este caso, su esposo. En la mitología persa, una “piedra de la paciencia” es una piedra mágica que absorbe todas las confesiones y secretos que no te atreverías a contarle a nadie. Cuando la piedra se desmorona, nos dicen en la película, “te liberas de todas tus penas, de todo tu sufrimiento”.

Al principio la mujer hace su mejor esfuerzo por atender a su esposo paralítico y mudo. Compra el suero que inserta en el catéter, lo baña, le paga a un mulá para que ore por él, le humecta los ojos —todo para cumplir sus deberes con un hombre que nunca amó. Cuando se le acaba el dinero, la farmacia no le da más suero, el repartidor de agua deja de traerle agua potable y a la vez la guerra se acerca cada vez más con el rugir de los cañones y los tanques haciéndose peligrosamente más fuertes. Ella se debate dolorosamente entre ayudarlo o abandonarlo. Su paciencia se le acaba, su inconformidad comienza a aflorar y empieza a hablar con su esposo.

No tiene amigos ni familiares que le ayuden excepto una tía a la que finalmente logra encontrar después de unos cuantos intentos fallidos. La tía (Hassina Burgan) la aconseja, acepta cuidar sus hijos y a veces le da algo de dinero.

A medida que el monólogo continúa, la mujer revela su traumática historia de vida al esposo, quien es su “piedra de la paciencia”. Vemos que el sufrimiento inmediato de esta joven mujer es sólo la capa superficial de un sufrimiento profundamente arraigado.

Sabemos de su matrimonio arreglado de hace ya diez años. Su marido estaba demasiado ocupado combatiendo como para llegar a la ceremonia de la boda, por lo que ella se casó con su retrato. Durante todos esos años él aparecía sólo ocasionalmente. Casi nunca vivió con él y nunca se sintió amada, ni libre de expresar sus sentimientos. En sus relaciones sexuales sus deseos nunca contaron. Ahora podía besarlo y tocarlo tanto como quisiera. Ahora habla sin miedo. Sus palabras simples pero agudas brotan a veces en susurros, otras veces en llanto, pero todas de una montaña de secretos indecibles anteriormente encerrados en su corazón.

A veces siente que alguien, Alá, está presente para castigarla por el “pecado” que está cometiendo al hablar libremente, y corre hacia el Corán para pedir perdón. Pero no puede detener el caudal de sentimientos contenidos. De hecho, disfruta la libertad de desahogarse de los secretos acumulados por años.

La única persona a la cual puede recurrir es su tía, quien también fue víctima de una tenaz y brutal relación patriarcal. La tía le cuenta su propia historia. Después del matrimonio fue rechazada por su marido porque era estéril y fue enviada con su familia política, en realidad para ser su sirvienta. Cuando su suegro se dio cuenta de que ella era estéril, la violaba todas las noches. Finalmente una noche decidió matarlo y huir.

Sin tener a donde ir se convirtió en prostituta. Los consejos de la tía le dan ánimo a la sobrina para volver a casa y continuar con sus confesiones.

Ella le cuenta a su esposo cómo los hermanos de éste le lanzaban miradas lascivas. La observaban desnuda a través de agujeros en la pared cada vez que ella tomaba un baño.

La guerra está cada vez más cerca y finalmente entra hasta la casa. Un grupo de muyahidines irrumpen, saquean la casa, y matan a un vecino. Ella sobrevive escondiéndose en un cobertizo. Pero más tarde un comandante armado entra mirando cómo usar la casa como puesto de combate. Cuando es informado de un alto al fuego, se vuelve hacia la mujer. Tratando de evitar ser violada, le dice que es prostituta. “Ellos nunca violarían a una puta, ¿sabes por qué?, porque esa clase de hombres no ponen su sucia cosa en un hueco que ha sido usado miles de veces. Pero violar a una virgen los hace sentir orgullosos, eso muestra su virilidad”, le explicó después su tía. El comandante hace un gesto como si la fuera a matar, pero luego se va.

Un joven combatiente que estaba con el comandante y alcanzó a oír secretamente la conversación, regresa con dinero para comprar su cuerpo. Ella trata de resistir, pero él la domina. Aunque se ha producido una violación, esta resulta ser el inicio de una relación entre ellos, ya que el joven vuelve continuamente.

Cuando ella se da cuenta de que ha sido maltratado por el comandante, se siente más cerca de él. Furiosa, va hacia su marido y lo llama “maldito bastardo” por haber sido también un comandante yihadí. “El comandante que se abalanzó sobre mí y quería matarme, diariamente pone un AK-47 en las manos del joven combatiente, y por la noche le pone cascabeles en los pies. El cuerpo del muchacho está cubierto de quemaduras...”.

La confesión más espantosa y difícil es sobre sus hijos. Saca a la luz toda la oprobiosa inmundicia de las relaciones patriarcales. Ella dice que no solo no quería a su primera hija, sino que quería “ahogarla” entre sus piernas.

Continúa con su confesión a la “piedra de la paciencia”: “¿Quieres saber por qué yo no quería a esa niña?... No era tuya... yo no era estéril, ¡tú lo eras!... nadie lo sabía. Tu madre no quería saberlo, ¿recuerdas?

Ella quería que tuvieras otra esposa. ¿Qué me hubiera sucedido?”. En ese momento su tía encontró la solución.

Todas las confesiones y secretos al lidiar con un sistema patriarcal, por esta anónima mujer afgana, son en cierto modo universales. Podrían ser los de cualquier mujer.

La situación de las mujeres en Afganistán no es para nada nueva. Inclusive los invasores imperialistas, que crearon gran parte del sufrimiento de las mujeres de este país, han admitido esto y utilizan esta cuestión como excusa para justificar su invasión y su ocupación, cuando en realidad están persiguiendo sus propios intereses imperialistas a nivel global.

Pero la película va mucho más allá de las denuncias comunes sobre las golpizas y la violencia doméstica contra las mujeres y trata de mostrar algunos de los aspectos invisibles del sufrimiento que padecen las mujeres, explora profundamente las relaciones entre los sexos y la influencia dominante del patriarcado sobre cada aspecto de esas relaciones. Muestra la soledad de las mujeres en un ambiente hostil, alimentado por antagonismos de clase y muestra cómo para sobrevivir a veces ellas son forzadas a tomar decisiones peligrosas y dolorosas. La película nos da una oportunidad de ver y entender más de esos secretos interiores.

El monólogo muestra hábilmente la forma en que las tradiciones envenenan las relaciones entre los sexos. Habiendo crecido bajo la República Islámica de Irán, y enfrentando hoy dificultades con el régimen por sus trabajos actorales, la propia experiencia de vida de Farahani la preparó bien para sacar a la luz de forma magnífica la profundidad del personaje que representa.

Sin embargo la película tiene defectos importantes tanto en lo artístico como en lo político. No conjuga las adversidades y el sufrimiento con la felicidad y la alegría, la tristeza con la esperanza de la gente. Intenta retratar las contradicciones de la vida a través de las confesiones y la vida cotidiana de ella, pero no le presta suficiente atención a la esperanza de la gente. No hay duda de que en un país que ha estado lidiando con guerras sucesivas y destructivas y con intervenciones extranjeras, y que ha sufrido tanto dolor, no hay mucho espacio para la felicidad, pero esto no es todo lo que hay en la vida. No hay tristeza sin alegría, las masas son más dinámicas y pueden encontrar esperanza hasta en los peores tipos de miseria. Los oprimidos muchas veces encuentran lo bello de la vida a pesar de sus condiciones. Ellos buscan la más pequeña señal de esperanza y felicidad en la oscuridad más profunda. La ausencia de este aspecto en la vida de la gente disminuye el dinamismo y la vivacidad de la película y la reduce a una historia de dolor y sufrimiento.

Es cierto que el peso de la guerra empequeñece cada vez más la vida cotidiana de la gente, pero todo lo que oímos o vemos solamente son sirenas, cañones y los disparos de tanque de los comandantes y combatientes yihadistas afganos y sus salvajadas. No hay ninguna pista de dónde viene la guerra o cómo y por qué se le ha impuesto al pueblo. Hay una tendencia a oponerse a la guerra en general como si se tratara de una cuestión abstracta, sin tener en cuenta que esta guerra particular es el resultado de una invasión y ocupación. En algunos momentos hay un intento de mostrar el antagonismo entre la guerra y el amor. La tía dice: “Aquellos que no pueden hacer el amor, hacen la guerra”. Esa es una explicación errónea de esta guerra y de las guerras en general. Además, es importante diferenciar entre las guerras reaccionarias y las guerras mediante las cuales el pueblo resiste y busca su liberación.

Como la causa de esta guerra sin nombre no queda clara, uno podría concluir que la razón de la guerra y la miseria que ésta desencadena son totalmente internas, derivadas de la cultura y de la tradición —de “nuestro propio comportamiento” y “de nuestro propio atraso”. Esta idea es reforzada por el hecho de que todos los combatientes son afganos. Sin embargo, los señores de la guerra yihadíes y los talibanes fueron fomentados, entrenados y financiados por los reaccionarios extranjeros. Sin el papel de Estados Unidos y su aliado Pakistán, las cosas podrían haberse desarrollado de manera diferente. Es sumamente engañoso hablar de Afganistán y de las guerras y todo el sufrimiento que éstas han causado, sin mencionar las brutales invasiones y ocupaciones que han convertido en un infierno la vida de la gente en esta región, especialmente en las últimas tres décadas.

La realidad de las relaciones entre los sexos en Afganistán y en países similares aprisionados por relaciones atrasadas es intolerable, pero estas relaciones no sólo son deformadas por la tradición y la cultura, sino también por el papel que ha jugado a lo largo de la historia la intervención política y militar de las grandes potencias.

A pesar de esos defectos, la película de Rahimi describe poderosamente la fealdad de las relaciones entre los sexos y logra muy bien ir más allá de las denuncias comunes. La película logra hacer que se quieran romper todas las cadenas que oprimen a la mujer.